TOCA DEFENDER LA LIBERTAD Y LA DEMOCRACIA
Estamos
asistiendo a un cambio profundo en el significado de los conceptos
que se han venido utilizando en las democracias surgidas de la
Segunda Guerra Mundial, a la que tardíamente se incorporó la
española. Desde entonces los conceptos de libertad y democracia
tenían un significado concreto definido por el liberalismo
económico, que en Europa introdujo variantes en beneficio de las
clases más desfavorecidas, dando lugar al Estado del Bienestar. Una
peculiaridad que figura en el ADN de las sociedades europeas.
En
nuestro país al desaparecer la dictadura, la sociedad luchó de
forma denodada por conseguir que las palabras Libertad y Democracia,
cuarenta años ausentes, adquirieran el carácter de normalidad en la
política y en la convivencia ciudadana. Una vez alcanzado el
objetivo de conseguir una sociedad libre y democrática, estábamos
seguros de que, salvo intentos descerebrados, era una conquista que
permanecería siempre. Craso error.
El
paso del tiempo nos ha enseñado lo frágiles que son esas realidades
y las múltiples formas de degradación a que están sometidas. Nunca
pensamos en que su fin podría venir por la utilización torticera y
por el uso desfigurado de la verdad.
Las
últimas generaciones de la sociedad actual se encontraron
acomodadas en un sistema de libertades ya implantado. Para ellas la
dictadura es algo desconocido y lejano, ya que su existencia se
hunde en las profundidades de la historia. La consecuencia es que los
problemas vivenciales que están sufriendo se achaca a fallos del
sistema político. Este sentimiento ha sido convenientemente
aprovechado por los que nunca estuvieron de acuerdo con los valores
que defiende la democracia y plantean una alternativa basada en la
vuelta a los sentimientos predemocráticos, machismo, xenofobia,
discriminación… Y los utilizan en nombre de la “libertad”. Lo
más peligroso es que están ganando adeptos en las sociedades que se
han caracterizado por defender la democracia.
La
situación actual presenta un cambio de ciclo cuyo devenir es muy
preocupante. Esa preocupación está más que justificada cuando en
la considerada primera democracia del mundo ha llegado al poder un
delincuente, mentiroso compulsivo, incitador de un intento de golpe
de Estado, que gobierna a base de decretos, que ignora a la cámara
de representantes y al senado, que controla al poder judicial a
través del Tribunal Supremo y que gestiona el Estado como si fuera
una empresa. Esas actitudes encajan perfectamente en el perfil de un
dictador, pero ha sido elegido por la mayoría de los votantes del
pueblo americano. Recordemos que Adolf Hitler llegó al poder de la
misma manera. Miembros del equipo de gobierno americano han apoyado
al partido neonazi de Alemania y han acusado a Europa de falta de
libertad por impedir que esa fuerza política lleguen al poder. Elon
Musk y Steve Bannon usan el saludo nazi en actos públicos. Eso ha
significado que los defensores de esos valores en todo el mundo se
vean fortalecidos y respaldados. La consecuencia es que el sistema de
libertades que hemos conocido y valorado se encuentra en serio
peligro. A los gobiernos autoritarios de Rusia y China, se une ahora
EE.UU. Solo queda la UE como reducto de los valores democráticos.
Natahalie Tocci, directora del Instituto de Relaciones
Internacionales de Roma, acusa directamente a la nueva Administración
de Trump de estar muy interesada en destruir Europa, de ahí el
apoyo a las fuerzas políticas antieuropeas y nacionalistas para
debilitarla y colonizarla más fácilmente. Es lo que ella llama “el
gran desorden mundial”. La intervención del Vicepresidente Vance
en la Conferencia de Seguridad de Munich defendiendo a la extrema
derecha puso de manifiesto de una manera clara el nuevo rumbo de la
política estadounidense.
Ante
semejante situación solo son posibles dos posturas por parte de las
democracias europeas.
La
primera sería la de negociar con el antiguo aliado la nueva política
que plantea para Europa. Es una estrategia que defienden la mayoría
de sus líderes, que anuncian medidas de respuesta a las amenazas,
pero con la boca pequeña. Los acontecimientos, las declaraciones y
los hechos nos dicen que negociar no es la estrategia que plantea
Trump, todo lo contrario, sus acciones son las de imponer y
menospreciar. En esa posición hay que acatar lo que decida la nueva
Administración americana y solo se podrá intentar amortiguar el
daño que puede producir.
La
segunda sería unirse en torno a la defensa de los valores que
definen nuestra sociedad, coincidente en lo fundamental con los 75
millones de norteamericanos que votaron a Kamala Harris (dos menos
que Trump) y con la esperanza de que su opinión pública reaccione
ante las barbaridades que intentan cambiar unas bases que han
definido su forma tradicional de vida. Siempre evitando que las
provocaciones conduzcan a una confrontación directa, pero hacer ver
que no se rehuye en caso necesario. Firmeza, sería el término que
definiría esta posición. Eso conlleva un replanteamiento de las
políticas que se han puesto en práctica hasta ahora en las
relaciones con EE.UU. Las nuevas no se deben limitar a defenderse
sino a marcar un territorio propio que defina claramente nuestros
intereses.
También
es necesario que la derecha democrática europea, incluido el PP,
establezca una posición dura frente a la extrema derecha, como ha
hecho la CDU alemana. Ahora toca luchar para defender la UE, se
trata de que no destruyan lo que se ha tardado tantos años en
construir y que tantos beneficios nos ha dado a los europeos.
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